Una realidad egoísta

Por: Gloria García Avendaño


Desde hace algunos años se ha buscado la famosa educación para la paz, entendida ésta, según la UNICEF como “un proceso de promoción del conocimiento, las capacidades, las actitudes y los valores necesarios para producir cambios de comportamiento que permitan a los niños, los jóvenes y los adultos prevenir los conflictos y la violencia, tanto la violencia evidente como la estructural; resolver conflictos de manera pacífica; y crear condiciones que conduzcan a la paz, tanto a escala interpersonal, como intergrupal, nacional o internacional”, sin embargo vale la pena plantearse cuál es el mecanismo adecuado para la implementación de esta educación en una situación tan contradictoria como la actual.

Si nos enfocamos al caso mexicano podremos percatarnos que educar para la paz solo queda en la teoría, pues a pesar de los programas e intenciones planteadas en diversas instancias, pero primordialmente en las instituciones de educación, la cotidianidad nos muestra una contradicción. Día a día los niños, jóvenes y adultos estamos expuestos a la violencia tanto física como simbólica que se ejerce diariamente, y la situación empeora si consideramos cuestiones socio-económicas o étnicas.

Retomemos un caso particular que es difícil desentrañar; los niños que se encuentran en las cárceles, están ahí por circunstancias ajenas a ellos, sobreviven reproduciendo una sociedad violenta a pequeña escala, que carece de recursos y necesidades afectivas. Este caso nos muestra que no puede haber una educación para la paz si antes no se han cubierto las necesidades básicas del ser humano, ni mucho menos los derechos universales del hombre.

Tal vez el filósofo Thomas Hobbes, aun, después de 366 años siga teniendo la razón con su famosa frase “el hombre es un lobo para el hombre”, somos malos por naturaleza y en nuestros instintos está el egoísmo, ese que nos ciega ante la desdicha de pequeños seres humanos que nacen enclaustrados y así permanecen la mayor parte de su niñez, que no son considerados ni siquiera un número, pues su existencia no está contemplada dentro del sistema penitenciario. A grandes rasgos son seres que desconocen el respeto, el calor de un hogar, el abrazo de los tíos, abuelos o de sus padres, de salidas al parque, del compañerismo o la amistad generada durante un juego con niños de su edad; para ellos están negadas las palabras de aliento que los hagan sentirse queridos o que pertenecen a un grupo social, las carcajadas después de una tarde de juego… para ellos están negados la gran mayoría de sus derechos, y es aquí donde cabe preguntarse ¿es el ser humano egoísta y no le importa la otredad? Y a partir de esto ¿cómo se implementa la paz y cómo se resuelven los conflictos en un ambiente de extrema violencia? ¿Qué esperamos de un ser humano que crece en dichas circunstancias? … ¿qué sea noble? ¿Qué se preocupe por el otro?…

Finalmente, si realmente creemos que la niñez es nuestro presente y nuestro futuro deberíamos de trabajar para que vivan una realidad distinta a la actual porque tal vez ser injustos es parte del hombre, pero buscar la justicia es parte de nuestra humanidad.

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